Johann Moritz Rugendas viajó por Brasil cuando era joven, inicialmente como dibujante de una expedición científica. Este artista alemán del siglo XIX se hizo famoso sobre todo por sus representaciones de Sudamérica, y esta lámina de 1835 encaja perfectamente en ese contexto. Me parece fascinante que, gracias a ello, la imagen no solo parezca un paisaje, sino casi una observación de viaje plasmada en el papel. En un formato de 57 x 48 cm, se abre el río Inhomirim en la bahía de Río de Janeiro. Un río se adentra en las profundidades entre orillas cubiertas de vegetación; a la izquierda se alzan dos altas palmeras, y detrás de ellas se escalonan las montañas envueltas en la bruma. En primer plano, una barca de remos con varias figuras; más atrás, un pequeño velero frente a una casa blanca rodeada de vegetación. No es una escena dramática, sino más bien una tranquila observación de la naturaleza en tonos marrones, verdes y ocres. Las inscripciones en francés del borde de la hoja se mantienen legibles en la impresión; para mí, ese es el detalle que mejor pone de manifiesto el carácter documental de la obra.
Todo está impreso sobre Salvador, un lienzo mate con un grano perceptible. El tejido se trasluce en la superficie de la imagen: sobre el agua y en las copas de los árboles, la fina trama del tejido se aprecia bajo la tinta, lo que encaja sorprendentemente bien con el tono litográfico del motivo. Llama la atención el diseño de los bordes. Alrededor de la hoja discurre un borde lateral negro, seguido de una franja de tejido sin imprimir de unos tres centímetros de ancho -ahí es donde el lienzo muestra su estructura con mayor intensidad-. Solo después viene el marco: Amelie, un perfil negro estrecho con borde interior dorado, de 18 mm de ancho. Su negro da continuidad al borde lateral, mientras que el dorado solo aporta un pequeño toque clásico; la lámina no necesita nada más. Así es como ambas cosas se entrelazan aquí: una observación documental de un viaje y un paisaje fluvial brasileño que, incluso después de casi doscientos años, conserva su tranquilidad.