Jean-Paul Marat yace muerto en su bañera, con la cabeza, cubierta por un turbante blanco, inclinada hacia un lado y el brazo extendido sobre el borde de la bañera. En la mano izquierda aún sostiene la carta de su asesina, Charlotte Corday, quien el 13 de julio de 1793 había conseguido acceso con una petición; en el suelo, junto a él, yace el cuchillo. Jacques-Louis David, pintor destacado del clasicismo francés y él mismo jacobino convencido, pintó el cuadro ese mismo año, como monumento político a un amigo, compuesto a modo de Piedad. La mitad superior del cuadro permanece casi vacía, un fondo oscuro y granuloso ante el que la luz resalta aún más sobre la piel, las sábanas y el paño verde. Sobre la sencilla caja de madera que servía de escritorio, la dedicatoria: «À Marat, David». No hay patetismo en el gesto, ni herida en el centro: la quietud del cuadro es su verdadera fuerza.
Con unas dimensiones de 53 x 70 cm, esta obra resulta mucho más compacta que el original parisino, que mide más de un metro y medio de alto, lo que, sorprendentemente, no le resta nada al motivo. Contra la pared clara, el formato vertical se erige como un bloque oscuro y cerrado; la gran superficie vacía de la parte superior atrae la mirada hacia abajo, hacia la figura, tal y como lo concibió David. La impresión en satén sobre lienzo está enmarcada en «Leonardo in Natascha», un marco estrecho de madera maciza dorada con ribetes rojos pulidos; con unos cuatro centímetros de ancho, no resulta recargado, sino que contrapone al campo oscuro de la imagen un borde fino y ornamentado. Al observarla de perfil, llama la atención lo plano que queda el conjunto en la pared: no es un pesado cuadro de museo, sino un formato que también encuentra su lugar en un despacho o en un pasillo sin resultar abrumador. Un encargo que también nos ha hecho mucha ilusión.
Precisamente en un cuadro que se nutre tanto de su vacío oscuro, la precisión en los detalles es fundamental: la letra de la carta de Corday sigue siendo legible, el modelado del rostro de Marat conserva sus suaves transiciones y, sobre el fondo negro verdoso, aún se adivina el delicado resplandor de la capa base de David. El hecho de que la reproducción conserve estos matices la hace convincente, tanto de cerca como a tres metros de distancia.