Sobre las zonas oscuras se adivina la fina trama del lienzo, incluso en el rostro y sobre los ojos claros. La obra «Luzifer», de Franz von Stuck, de 1890, muestra a un demonio masculino sentado de frente y casi inmóvil. Un brazo descansa sobre la pierna doblada, la mano se apoya en el rostro; esta actitud pensativa contrasta fuertemente con la mirada fija. El cuerpo emerge de la oscuridad en tonos gris pálido, marrón y rojo apagado. A la izquierda arde una llama azul, cuyo frío resplandor roza el suelo y la figura. Nada distrae la atención de la figura. Es precisamente esta concisión la que confiere al cuadro su efecto monumental: Lucifer no aparece como un monstruo furioso, sino como un adversario alerta e introspectivo. La obra pertenece a la etapa creativa más oscura de Stuck y resume esa preocupación por las figuras míticas que caracteriza al artista alemán.
Leonardo, el lienzo satinado de esta reproducción, presenta el motivo en un formato de 48 x 51 cm. De cerca, su estructura de tejido sigue siendo claramente visible: pequeñas protuberancias recorren las partes claras del cuerpo, mientras que las capas oscuras de la impresión hacen que el tejido casi se hunda en algunos puntos. La mirada se detiene en la llama azul y en las líneas verticales junto a la pierna; allí se tiene la impresión de pinceladas superpuestas, aunque la superficie conserva su orden textil uniforme. Sin cristal ni paspartú, esta materialidad se puede experimentar de forma directa. El bastidor tensa el lienzo; el borde negro recorre el cuadro y prolonga la composición, ya de por sí compacta, en lugar de interrumpirla de forma decorativa. De hecho, esta obra no necesita nada más: su profundidad táctil surge de la alternancia entre el tejido granulado y las densas capas de impresión, y el borde negro hace visible esta interacción entre la superficie pictórica y la materialidad.