En un formato apaisado inusualmente amplio, de 80 × 35 cm, el encuentro entre el ángel Gabriel y María no se presenta como una imagen devocional de dimensiones reducidas, sino como una escena ampliamente desplegada, en la que el jardín, la arquitectura y el paisaje lejano adquieren casi tanto protagonismo como las propias figuras. A la izquierda, Gabriel está arrodillado entre flores, con un lirio en la mano y el brazo levantado en señal de saludo, mientras que María, a la derecha, está sentada frente a un atril de piedra, con una mano sobre el libro abierto y la otra en un gesto sereno frente al pecho; entre ambos se abre un espacio libre que separa y une a la vez el mensaje transmitido. Unos cipreses oscuros se alzan frente a un pálido horizonte montañoso; el rojo y el azul intenso dominan las vestiduras, y la luz uniforme hace que incluso las plantas más pequeñas y los adornos de piedra destaquen con claridad. Leonardo da Vinci pintó esta obra temprana del Renacimiento entre 1472 y 1475; el original histórico se encuentra hoy en la Galería de los Uffizi de Florencia, y ya aquí se aprecia esa observación minuciosa de la naturaleza que impide que el paisaje se convierta en un mero telón de fondo.
En esta versión, Leonardo plasma el motivo sobre un lienzo de superficie satinada sin cristal, de modo que la luz incide directamente sobre la superficie del cuadro: Visto de frente, las zonas oscuras del jardín se mantienen profundas y tranquilas; en cambio, desde un ángulo lateral, un reflejo amplio y suave se extiende sobre el cielo, los ángeles y la arquitectura, sin convertirse en un reflejo duro. Justo sobre el rostro de Gabriel y su mano levantada, la mirada se detiene en este resplandor; se desplaza según el ángulo de visión y hace que la escena se ilumine por un instante. Janine enmarca la imagen como un marco decorativo dorado con zonas desgastadas de color rojo; en los bordes elevados, el oro brilla ligeramente, mientras que en las hendiduras permanece más mate. No es del todo uniforme, y es precisamente este efecto de luz difusa lo que resulta convincente. De este modo, la profundidad táctil no surge únicamente de la superficie satinada de la imagen, sino también de la alternancia de los niveles del marco, cuya presencia física resume de forma palpable la amplia y serena composición.