El estrecho formato vertical confiere a las dos figuras infantiles una gran altura y apenas les deja espacio lateral. Esto hace que su abrazo resulte aún más íntimo. Cupido está de pie sobre una nube e se inclina hacia Psique; su beso le roza la mejilla. Ella baja los párpados y se cruza los brazos sobre el pecho, mientras él la abraza con fuerza. Detrás de sus cuerpos se abren dos pares de alas muy diferentes: a la izquierda, unas alas de plumas claras; a la derecha, una gran ala de mariposa con una mancha oscura en forma de ojo. El azul intenso del paño aporta el único tono fuerte a una escena por lo demás luminosa. Las nubes y el fondo se funden casi entre sí, de modo que los niños parecen flotar más que estar sentados. Los tonos claros de la piel y las sombras suaves dominan el cuadro. Nada resulta apresurado, ni siquiera el beso, que se mantiene discreto. Bouguereau pintó esta escena en 1890. Como representante francés de la pintura académica del siglo XIX, se caracteriza por el trazo preciso de las figuras, los cuerpos idealizados y las transiciones suaves. Aquí no aborda el mito como una historia de amor dramática, sino que convierte a Cupido y Psique en dos niños. El primer beso se convierte en un momento que parece casi tímido.
En esta obra, el formato alto de 58 × 97 cm. El lienzo Leonardo, con su superficie satinada, reproduce los sutiles matices de la piel y las nubes difuminadas sin rupturas bruscas. No lleva paspartú, ni tampoco hay cristal delante del cuadro: el lienzo permanece visible directamente. En el exterior, Ava le da un acabado contundente. El marco dorado tiene un peso notable y confiere a la estrecha superficie del cuadro un límite firme. Desde delante, el oro parece claro y homogéneo; en el amplio reborde, se transforma en sombras parduzcas. Las finas motas oscuras y las ligeras irregularidades privan a la superficie de toda uniformidad estéril; en los bordes estrechos vuelve a aparecer un oro amarillo más claro. Al observarla, mi mirada se detiene en las esquinas: allí es donde las distintas zonas doradas se unen con precisión. De esta montura me gusta que no trivialice el motivo ligero, sino que lo trata como una imagen figurativa clásica. El marco destaca notablemente más que la propia escena: se trata de una decisión deliberada, no de un borde fortuito. Al final, sin embargo, perdura la idea inusual del cuadro: dos famosas figuras del amor aparecen como niños, y el mito comienza con un beso cauteloso en la mejilla.