La superficie se presenta mate: el lienzo de Salvador apenas refleja la luz, y eso es precisamente lo que le sienta bien a este motivo oscuro. El fondo, casi negro, se mantiene profundo y tranquilo, sin reflejos ni brillos. Solo quien se acerca descubre la delicada trama bajo las capas de pintura: en la manga clara, en la capa azul, incluso en las sombras alrededor de los ojos. Desde cierta distancia vuelve a desaparecer, y solo queda la imagen.
El marco es estrecho: Noemi, un marco dorado de solo 17 milímetros de ancho, con un delicado borde ornamental y una pátina oscura en el bisel interior; no es un marco ostentoso, sino más bien un fino ribete que enmarca con limpieza el negro del cuadro. Con un tamaño de 45 x 60 cm y provisto de un sistema de colgado dentado atornillado, el retrato cuelga de tal manera que incluso los flecos del pañuelo del turbante se distinguen uno a uno: una precisión que uno atribuye de buen grado al original y que aquí realmente se aprecia.
Muestra a un niño con un turbante amarillo que sostiene un pequeño ramo de flores -pintado por Michiel Sweerts, un pintor barroco flamenco del siglo XVII, conocido por sus figuras tranquilas e introvertidas. La mirada se dirige directamente al espectador, sin revelar nada; las flores rojas aportan el único toque de color vivo entre el azul de la capa y la oscuridad del fondo. Una luz suave ilumina el rostro y la tela, mientras todo lo demás queda en segundo plano. Una escena que no cuenta nada y que, precisamente por eso, perdura.