Una delicada cadenita cuelga de la pata del pájaro y se pierde en la penumbra bajo el comedero: apenas más gruesa que el trazo de un lápiz y, sin embargo, encierra toda la historia del cuadro. El jilguero está posado en el palo superior de su comedero, con la cabeza ligeramente girada; su cara roja y la franja amarilla de las alas son los únicos colores intensos que contrastan con una pared clara y moteada. Carel Fabritius lo pintó en 1654, el mismo año en que la explosión de la fábrica de pólvora de Delft acabó con la vida del pintor, que tenía apenas 32 años, y destruyó gran parte de su obra; este pajarito es uno de los pocos lienzos que sobrevivieron. Fabritius fue el alumno más dotado de Rembrandt, pero siguió su propio camino: fondos claros en lugar de oscuros, un motivo oscuro sobre un fondo luminoso. El pinzón encadenado, en aquella época una mascota muy popular que había aprendido a sacar agua con un cubo diminuto, no resulta ni gracioso ni anecdótico en esta naturaleza muerta, sino extrañamente serio. En la parte inferior figura la firma «C FABRITIVS 1654» en una delicada letra gris sobre el fondo claro, perfectamente legible hasta el último dígito.
La superficie satinada de Leonardo se comporta en esta obra exactamente como más le conviene al motivo: vista de frente, la superficie permanece tranquila y casi mate; solo cuando se pasa por un lado de la obra, un suave resplandor se posa sobre el fondo claro de la pared: no es un reflejo, sino más bien un aclaramiento que mantiene viva la superficie gris-beige. Llama la atención lo diferente que reaccionan la imagen y el marco ante la misma luz: el estrecho borde dorado de Lychorida proyecta un reflejo intenso, el perfil negro que lo flanquea absorbe casi todo, y entre ambos se sitúa la superficie pintada con su brillo tenue, como un tercer nivel de luz propio. Entre el dorado y el negro, el marrón claro de Hohle actúa como mediador, sin imponerse. Se podría objetar que un formato tan pequeño habría admitido un marco más discreto; sin embargo, al contemplar la obra, es precisamente este contraste el que convence. Al acercarse, la luz rasante resalta ligeramente la estructura del soporte pictórico bajo el plumaje, y el pájaro adquiere una corporeidad palpable: este juego entre el negro mate, el borde reluciente y la superficie pictórica sedosa y tranquila hace que esta pequeña obra colgada en la pared tenga una presencia sorprendente.