El camino de grava se extiende como una franja clara a lo largo del cuadro, salpicado por destellos de luz que se filtran a través del dosel de hojas; a izquierda y derecha crecen tan densamente las plantas perennes de flores violetas y rosas que el sendero casi queda oculto entre ellas. Al fondo, pequeña y en un rojo cálido, asoma la casa de Monet entre los árboles, más como una insinuación que como una construcción. Aquí, en 1902, Claude Monet pinta su propio jardín en Giverny, que él mismo había diseñado a lo largo de décadas y cuidaba como si fuera una paleta en la que se pudiera caminar. Al fundador del impresionismo le interesa menos la botánica que lo que la luz hace con los colores: El camino arenoso se tiñe de violeta en las zonas de sombra, el verde de los árboles se descompone en docenas de matices y las pinceladas de color rojo anaranjado a los lados del camino se alzan como breves exclamaciones entre los tonos más fríos. Es una imagen sin personas y, sin embargo, se percibe la invitación a recorrer ese camino.
La obra está impresa en un formato de 49 x 48 cm sobre papel fotográfico FineArt mate, que deja que las manchas de color difuminadas de Monet se vean sin brillo propio; incluso las zonas de color rojo oscuro del borde inferior de la imagen conservan su relieve. El toque final lo aporta Kusuma, un marco clásico italiano de madera: su amplio perfil redondeado muestra una veta de nogal al descubierto, y en el interior recorre toda la imagen un borde tallado formado por pequeñas hojas doradas, cada una de ellas trabajada individualmente en relieve. En las esquinas, las filas de tallas encajan perfectamente entre sí, sin que se interrumpa el motivo: un detalle en el que uno se queda mirándolo más tiempo del previsto. No hay paspartú; el motivo llega directamente hasta el borde. Cuando la luz lateral incide sobre la superficie, el papel se mantiene sobrio y mate; el cristal antirreflectante apenas permite reflejos, y solo los arcos dorados captan un ligero brillo. Este motivo no necesita nada más.