Entre vasos, botellas y fruteros, una joven inclina la cabeza hacia un lado, mientras su interlocutor se inclina hacia ella por encima del respaldo de la silla. Alrededor de la mesa puesta, Renoir representa a un grupo de remeros, mujeres y hombres con sombreros de copa o de paja. Algunas figuras mantienen una conversación, otras observan lo que ocurre desde un segundo plano; algunas miradas atraviesan el grupo y conectan las distintas zonas escalonadas. El mantel blanco refleja la luz en la parte inferior del cuadro. Por encima, las chaquetas azules, las camisas claras, los sombreros amarillos y los trajes negros se alternan con el verde del entorno y el naranja del toldo. Renoir no ordena esta abundancia mediante contornos rígidos, sino a través de superposiciones, manchas de color y direcciones de la mirada cambiantes. Así surge la agitación de un momento de convivencia, sin que la composición se desmorone. El desayuno parece animado y espontáneo a la vez: nadie parece posar para el cuadro. Pierre-Auguste Renoir es uno de los pintores más influyentes del impresionismo francés. En esta obra, realizada en 1881, combina la observación directa de la vida moderna en el tiempo libre con una cuidadosa disposición de las figuras. La luz del sol, la ropa y los rostros aparecen con pinceladas dinámicas; por ello, la escena se asemeja menos a un retrato de grupo que a una tarde capturada.
En esta reproducción, el lienzo Leonardo (satén) presenta el motivo en un formato de 30 x 22 cm; Lychorida lo enmarca sin cristal ni paspartú, con un perfil exterior negro, una moldura cóncava de color marrón claro y un borde dorado. Sin embargo, lo decisivo para la reproducción es el rostro de la mujer con el vestido azul, cerca del centro de la imagen. La impresión permite reconocer claramente su postura ligeramente inclinada: Un arco de cabello oscuro delimita la frente; unos pocos trazos marrones y rosados esbozan los ojos, la nariz y la boca, mientras que el sombrero claro casi se funde con la blusa del hombre de pie. Incluso desde una distancia corta se aprecia que Renoir no modela el rostro de forma uniforme, sino que lo compone a partir de pequeñas pinceladas de color. La pincelada se distingue claramente, sin descomponer los rasgos en puntos de trama individuales. Junto a ella, el azul intenso del vestido y los toques rojos del lazo destacan sobre la superficie clara de la mesa; más atrás, las cabezas y los sombreros se disuelven cada vez más en el verde. Me quedo fijado precisamente en esta transición: aquí se decide si una reproducción es capaz de distinguir entre una figura legible y una disolución impresionista, y esta lo consigue. Para mí, la mirada de la joven, dirigida oblicuamente hacia arriba, es el eje de toda la escena, porque capta, en medio del bullicio de voces, un breve instante de atención exclusiva.