Casi toda la altura del cuadro la ocupa el melocotonero: su tronco se eleva desde el campo claro, se ramifica varias veces y extiende sus ramas en flor frente a un cielo azul. Esta composición central solo parece firme a primera vista. Por todas partes, breves pinceladas difuminan los contornos, hacen que las ramas parpadeen y transforman el suelo en un campo en movimiento de blanco, azul, verde y rosa pálido. A la derecha, una valla de color ocre marca un límite claro; al mismo tiempo, su línea de fuga se adentra en la profundidad, pasando junto a otros árboles hasta el horizonte bajo. Vincent van Gogh pinta el paisaje de 1888 no como una estática representación de la naturaleza, sino como algo que cambia continuamente ante la mirada. Las flores no son detalles contados uno a uno. Se agrupan en racimos luminosos, se desintegran en pinceladas de color y, al instante siguiente, vuelven a aparecer como una corona. Es precisamente eso lo que llama la atención: aquí la primavera no se muestra encantadora, sino casi impaciente. Entre el cielo fresco y las cálidas huellas en la valla, el árbol se impone como símbolo de un nuevo crecimiento, aún esbelto y vulnerable, pero lleno de energía. Van Gogh es uno de los artistas neerlandeses más influyentes del postimpresionismo; aquí combina la observación directa de la naturaleza con ese estilo personal que no se limita a describir el color, sino que lo convierte en el propio acontecimiento.
En esta obra, Leonardo -el lienzo satinado- reacciona a la luz de la sala sin necesidad de cristal. Es una buena decisión: una superficie reflectante enmascararía demasiado el ritmo inquieto de la pintura. En su lugar, un suave resplandor recorre el cielo y se refracta allí donde las pinceladas impresas son especialmente densas. Alrededor de las ramas centrales, pequeños reflejos se posan sobre las flores blancas y rosadas; destellan puntualmente, mientras que las líneas oscuras del tronco siguen siendo claramente legibles. Más abajo, la luz se distribuye sobre los trazos oblicuos del campo y hace visibles sus cambios de dirección, sin formar una capa brillante y homogénea. Si la mirada se desvía hacia un lado, la superficie gana notablemente en luminosidad; de frente, vuelve a tranquilizarse. Este degradado favorece al motivo, ya que el árbol parece más denso o más aireado según la perspectiva. Mare enmarca el lienzo con un listón de madera color champán; en el interior, un estrecho borde dorado crea un contorno de luz concentrado. Quizás el detalle más bello: en la esquina inferior, este claro reflejo dorado se encuentra con el brillo más suave del lienzo, mientras que las pinceladas azul grisáceas del campo, justo al lado, permanecen prácticamente sin reflejos.