Dos zonas horizontales organizan la abundancia: arriba, las aves cuelgan en una densa fila sobre un fondo casi negro; debajo, las presas se extienden sobre la mesa, las cestas y las repisas. De esta disposición por niveles surge un ritmo curioso, a la vez austero e inquieto. Vientres claros, alas extendidas y largos picos emergen de la oscuridad; pequeñas manchas rojas en el plumaje marcan breves acentos entre ellos. A la izquierda se posa un búho con los ojos muy abiertos, el único animal que mira de frente al espectador; la mirada se queda clavada en él más tiempo que en cualquier otra cosa. Su mirada da vida a la escena sin disipar su pesadez. En la mitad inferior yacen aves más grandes unas sobre otras, algunas con el cuello arqueado hacia atrás, otras extendidas lateralmente. Una cesta con tubérculos blancos forma una isla clara cerca del centro, mientras que algunas piezas sueltas y dispersas en el borde delantero marcan la transición hacia el espacio. La luz no se distribuye de manera uniforme, sino que se posa en plumas, ojos, picos y formas corporales; todo lo demás se hunde en tonos marrones, negros y rojos apagados. Así, el bodegón parece menos un inventario sobrio y más una reflexión sobre la abundancia y la fugacidad. Se atribuye el cuadro a Michelangelo Merisi da Caravaggio, aquel artista en los albores del Barroco cuyo nombre está estrechamente vinculado a los dramáticos contrastes de luz y sombra. Precisamente aquí no hacen falta figuras en acción: la acumulación inmóvil posee por sí misma una tensión casi escénica.
En esta versión sobre lienzo Leonardo (satén), la imagen oscura se funde directamente con Zumera, un marco barroco dorado; ni el paspartú ni el cristal se interponen entre ambos. Lo decisivo no es el oro como mero color decorativo, sino su relación con los tonos del motivo. En el borde interior, un ocre intenso contrasta con el marrón oscuro del fondo. Más hacia el exterior, las zonas doradas más claras se alternan con trazos oscuros, y es precisamente este juego de colores quebrados el que combina con las alas marrones, la cesta y las sombras de color óxido. También los escasos toques rojos del plumaje ganan en intensidad gracias al cálido ribete, sin resultar chillones. Esto se aprecia con especial claridad a la derecha, donde el cuerpo blanco de un pájaro se extiende hasta casi el borde dorado: entre el blanco frío de las plumas y el cálido tono metálico surge un contraste marcado y bien definido. Cuando la luz incide oblicuamente sobre la superficie, se aprecia lo bien que se complementan la impresión y el marco, un detalle que solo llama la atención al observarlo por segunda vez. El oro no se limita a aclarar la composición, sino que traza un límite firme alrededor de su oscuridad y permite que los numerosos motivos individuales sigan siendo reconocibles. Con unas dimensiones de 64 x 39 centímetros, el formato horizontal conserva el carácter de un amplio escenario. Frente a una pared clara, la imagen mantiene su profundidad nocturna, y uno comprende rápidamente por qué no habría sido necesario un marco más discreto.