Por el cielo discurren en diagonal rayos de color azul y dorado, y cada uno de ellos presenta, en esta interpretación,, un relieve visible: el color se presenta como una estructura en la superficie, no como una superficie lisa. Debajo se encuentra Capolago, cerca de Maloja, el pequeño pueblo a orillas del lago de Sils, en la Engadina, pintado hacia 1907 por Giovanni Giacometti. Entre las oscuras laderas de las montañas se abre la franja clara del lago; delante de él se suceden prados y laderas con franjas naranjas, verdes y violetas, mientras que desde la orilla se alzan los troncos rojizos de los árboles como columnas frente al macizo. Giacometti -padre del escultor Alberto- lleva aquí el divisionismo por un camino radical: en lugar de pequeñas pinceladas, aplica amplias franjas de color rítmicas que no reproducen la luz de la alta montaña, sino que la descomponen literalmente en franjas. El resultado es un paisaje que es a la vez un ornamento y, sin embargo, sigue siendo topográficamente preciso. El original se encuentra hoy en el Musée d’Orsay de París; el hecho de que un pueblo de montaña de los Grisones ocupe allí un lugar junto a los posimpresionistas franceses dice mucho del prestigio de este cuadro.
La obra está impresa sobre Leonardo, un lienzo satinado, y es precisamente esta combinación la que confiere el encanto a la reproducción: la aplicación pastosa de la pintura del original se percibe como una topografía palpable. En las verdes copas de los árboles se distinguen trazos de pincel sueltoscomo crestas, mientras que en las zonas claras del lago persisten acumulaciones granuladas de pintura; uno intuye literalmente lo cargado que debía de estar el pincel de Giacometti. Solo en el borde más exterior, donde el motivo bordea el borde, el tejido revela su propio fondo. El broche final lo pone Salomé, un perfil de madera auténtica cuyo gris claro azulado parece haber sido aplicado con un pincel ancho sobre el cálido marrón de la madera; en algunos puntos, el tono de fondo trasluce a través del barniz, lo que confiere al marco un agradable aspecto artesanal. Es precisamente ahí donde se fija la mirada: el marco pintado repite el gesto del cuadro, sin competir con sus colores. Así, las franjas de color en relieve del lienzo y la superficie de madera barnizada hablan el mismo idioma, cada una en su propio tono, lo que hace que la obra parezca un todo coherente.