La despedida aún no se ha consumado. En los escalones de piedra de un castillo, una joven se inclina hacia el caballero a caballo y le ata una cinta roja en el brazo, una antigua costumbre que tiene por objeto sellar el regreso a salvo y el reencuentro de los amantes. Sus manos rozan la armadura de él, mientras ambos se miran. En ese gesto hay afecto, pero también la conciencia de una separación inminente. A sus espaldas se abre una puerta oscura, en la que se vislumbran más hombres armados y lanzas que se alzan imponentes. Edmund Leighton compone la escena como un instante congelado. La brillante túnica de la mujer cae en una larga estela sobre los escalones, su cabello rojo dorado resplandece frente a la sombra, y la capa rojiza del caballero, junto con la cinta, constituye el centro cromático. El acero, la mampostería y el blanco del caballo enmarcan a las dos figuras. Incluso las flores del borde izquierdo y la criatura mítica de piedra de la barandilla parecen testigos de este momento. El título «God Speed» hace referencia a un deseo de bendición para un viaje afortunado y un regreso a casa seguro. Leighton, un pintor británico de la época victoriana, pintó el cuadro en 1900, en el apogeo de su carrera, y se inspiró en esa visión romántica de la Edad Media en la que la caballerosidad, la lealtad y la despedida se convierten en sentimientos atemporales. Ese mismo año, la Royal Academy of Arts de Londres expuso la obra; el histórico óleo, de aproximadamente 160 × 116 centímetros, se encuentra hoy en manos privadas.
En este lienzo satinado de Leonardo, de 48 × 66 centímetros, se conserva sobre todo la precisa composición cromática de la escena. El rojo de la cinta se mantiene intenso, sin enmascarar el tono cobrizo del traje de caballero; el marfil, el oro y el metal frío aportan contrastes graduales. El marco decorativo «Sinead», de chapa de roble, enmarca el cuadro con sencillez: su tono marrón combina con el cabello, los bordados y la piedra antigua; esta escena no necesita nada más. El borde blanco del cuadro, entre la abertura de la puerta y la madera, crea una breve pausa; a continuación, comienza la narración.
Los delicados anillos de la cadena, los reflejos de luz en el yelmo, los pequeños adornos en el pelo… La mirada se detiene realmente en detalles como estos, porque la ejecución transmite de forma creíble la precisión narrativa de Leighton.. Deseamos al nuevo propietario que disfrute mucho de esta obra.