Una joven se coloca una flor rosa entre su cabello castaño rojizo, con el espejo de mano en la mano izquierda, la mirada baja y totalmente absorta en sí misma. Las ramas de rododendro la envuelven como una oscura pérgola, de la que resplandecen las flores claras: rosas y violetas sobre el verde intenso del follaje. El vestido azul se le ha deslizado por el hombro, y es precisamente este contraste el que da vida al cuadro: el cálido tono carnal del rostro y el escote frente al azul frío y el fondo casi negro. John William Waterhouse pinta esta «Vanidad» en el año 1900, en el apogeo de su obra, a caballo entre la pintura victoriana y la estela de los prerrafaelitas. A diferencia de sus grandes escenas mitológicas, este motivo prescinde de cualquier narrativa: ni el drama de Ofelia, ni ninfas, solo un momento íntimo ante el espejo. El título alude a la antigua tradición de la vanitas, pero no se percibe ningún tono moralizante; más bien se observa un gesto que existe desde hace siglos y que aquí se plasma sin ninguna pose.
Esta obra salió del taller como una impresión sobre lienzo sin cristal, y eso es precisamente lo que le sienta bien al motivo: nada se interpone entre el ojo y la superficie. Si se recorre con la mirada las flores del borde superior, se aprecia cómo los tonos pastosos de blanco y rosa del original se deslizan sobre el lienzo de Leonardo: el lienzo satinado tiene un grano fino que confiere a las pinceladas un pequeño relieve propio. Esto se aprecia especialmente en las zonas oscuras de las hojas: allí donde Waterhouse ha aplicado la pintura con una capa fina, se trasluce la estructura del soporte, mientras que las luces aplicadas con una capa gruesa destacan casi de forma plástica. Por ello, la superficie parece menos una impresión y más una superficie pintada por la que dan ganas de pasar el dedo. Enmarcado, el conjunto cuelga en «Lydia», un perfil de madera cuya franja central verde está veteada de oro; el oro pulido del borde interior se une directamente al lienzo, sin paspartú, sin separación. Que el verde del marco y el follaje del cuadro estén tan cerca no puede ser una casualidad: solo se aprecia a segunda vista, pero una vez que se ve, ya no se deja de ver. Son precisamente esos detalles los que determinan si una reproducción resulta convincente.