De un boxeador cabría esperar algún tipo de movimiento, tal vez un golpe, una esquiva o, al menos, una disposición visible para el combate, pero Konstantin Andréyevich Somov retrata al joven en 1933 con una calma inusual, de frente y casi erguido, con la mirada dirigida ligeramente más allá del espectador. El cuerpo desnudo ocupa toda la altura del cuadro; una mano se cierra sobre el abdomen, mientras que la otra sobresale lateralmente del escote; la postura transmite serenidad, pero en absoluto relajación, ya que los hombros, el pecho y el abdomen permanecen tensos. Precisamente este contraste me resulta fascinante, porque hace que el motivo parezca más un retrato psicológico que una escena deportiva. Detrás de la figura no se abre un ring de boxeo, sino un interior tenue con un espejo, objetos oscuros y muebles que se vislumbran de perfil, cuyas partes marrones, de color oliva y negras rodean el cuerpo claro. La luz incide sobre el rostro y la parte superior del cuerpo desde la parte delantera izquierda, se desliza sobre la clavícula y el pecho y se pierde en la sombra del costado derecho, de modo que la fuerza física destaca claramente sin convertirse en el tema principal. Somov pertenece al círculo de «Mir Iskusstva», aquella asociación de artistas rusos que se toma muy en serio la pose, el efecto pictórico refinado y los matices psicológicos; también en este caso la acción decisiva reside menos en un movimiento narrativo que en ese estado de ánimo difícil de definir, a caballo entre el autocontrol, la tensión y la vulnerabilidad.
En esta obra, Lychorida dota al retrato, de carácter discreto, de un límite notable: el negro enmarca una moldura cóncava de color marrón claro, y en el interior un estrecho borde dorado marca la transición hacia la superficie del cuadro. Sin embargo, el tono real lo marca el lienzo Leonardo (Satin), ya que su suave brillo no distribuye la luz incidente de manera uniforme, sino que la hace resplandecer en puntos concretos. No hay ningún cristal que separe la mirada de la superficie impresa. En el pecho izquierdo y a lo largo del abdomen se aprecian suaves reflejos que revelan la pincelada impresa, mientras que las zonas de color marrón oscuro situadas detrás del cuerpo permanecen en gran parte oscuras; en cambio, en el arco del hombro derecho aparece un estrecho resplandor que se desplaza ligeramente según el ángulo de visión. No se trata de una reproducción totalmente mate y, precisamente por eso, la figura cambia notablemente cuando se observa de perfil: la frente, la mejilla y el pecho resalten ligeramente más, sin que un brillo especular uniforme cubra el rostro. Cerca del borde inferior de la imagen, el reflejo se concentra en las zonas claras del muslo, se interrumpe en la sombra oscura y no vuelve a aparecer hasta el borde interior dorado; y, sin embargo, al final es la postura lo que llama la atención: no es la acción, sino esa tensión silenciosa y reprimida que no deja en paz a la figura, ni siquiera una vez enmarcada.