El cono nevado del Cotopaxi se divisa a lo lejos, envuelto en la bruma, mientras que en primer plano resplandecen los trópicos. Una cascada se precipita hacia el desfiladero, las palmeras se alzan bajo la luz del atardecer y unos pájaros rojos posan sobre las hojas como si alguien los hubiera pintado con un pincel. En la parte inferior, un jinete con sus animales de carga sigue su camino, apenas más grande que una uña. Frederic Edwin Church pinta aquí, en 1855, la síntesis de su primer viaje por Sudamérica, que realizó siguiendo los pasos de Alexander von Humboldt. Church fue discípulo de Thomas Cole y se convirtió en el representante más destacado de la Escuela del Río Hudson, aquel grupo de pintores estadounidenses que interpretaba el paisaje de forma precisa, dramática y, a menudo, alegórica. En este cuadro se plasma de forma ejemplar su estilo: precisión científica en los detalles, acompañada de una luz que baña toda la escena en cálidos tonos amarillos y ocres. Un volcán, una cascada, la selva virgen y el ser humano en un único panorama: una descripción del mundo en formato apaisado.
En la pared, este formato apaisado despliega una amplitud asombrosa. 70 por 45 centímetros pueden parecer unas dimensiones manejables, pero la proporción alargada atrae la mirada de izquierda a derecha a través del paisaje, desde el volcán hasta las palmeras. La obra cuelga plana y serena sobre la superficie blanca; nada sobresale, nada proyecta sombras densas. Solo al observarla de perfil se aprecia lo estrecho que es realmente el marco: apenas un centímetro y medio de madera, de color marrón medio con vetas negras, con un borde dorado brillante en el interior como único adorno. Esta sobriedad le sienta bien al motivo. La imagen adquiere un límite claro, pero sin que este le haga competencia. No obstante, el marco, a pesar de su escasa anchura, presenta varios perfiles: una cornisa formada por dos listones redondeados, seguida de una superficie lisa y, en el interior, la moldura dorada de remate. Quien se acerque verá, sobre el papel fotográfico mate, la delicadeza con la que se reproducen los pájaros en el cielo y la bruma que salpica la cascada; el papel no refleja la luz, por lo que la luz del atardecer del motivo sigue siendo perceptible incluso con la luz de la habitación. Sin cristal ni paspartú, el paisaje se percibe de forma directa e inmediata. Church pintó el original cuando tenía poco más de veinte años, en su camino hacia convertirse en el pintor paisajista más famoso de Estados Unidos; en este cuadro se aprecia la ambición de plasmar el mundo entero en una sola vista, y eso es precisamente lo que lo hace digno de ver hasta el día de hoy.