El sonido de los cascos casi se pierde en la amplia extensión rosada de la playa, por la que cinco jinetes avanzan hacia el mar. Dos caballos de pelaje claro aportan un toque pálido a la izquierda, mientras que los animales más oscuros, situados en el centro y a la derecha, guían la mirada hacia el fondo de la composición. Ante los jinetes se extiende una estrecha franja de azul y blanco; sobre ella se extiende un cielo pálido, cuya tranquilidad solo interrumpen los esbeltos troncos de los árboles de la orilla derecha. Gauguin construye el paisaje no tanto a partir de la profundidad espacial como a partir de grandes campos de color: el rosa, el ocre y el azul apagado se yuxtaponen directamente; las figuras parecen simplificadas y, sin embargo, claramente distinguibles. Esto genera una tensión peculiar. El grupo se mueve, pero la imagen parece casi congelada, como si la playa hubiera sacado a los jinetes del tiempo por un instante. La obra, realizada en 1902, pertenece a la última etapa creativa de Gauguin y muestra ese lenguaje pictórico plano, marcado por el postimpresionismo, con el que el pintor francés utiliza el color no solo de forma descriptiva, sino como una fuerza independiente.
En esta obra, es sobre todo la transición de la imagen al marco lo que determina el efecto. Justo junto al cielo pálido y la playa de arena suelta, el borde dorado del marco Lychorida traza una línea cálida; haciendo que destaquen con mayor claridad los tonos ocre de los jinetes y de la orilla derecha, sin atenuar la paleta de colores apagados. Detrás, el marco se oscurece primero a un marrón claro y luego a negro -una gradación que resulta lógica: el marrón se acerca a los cuerpos terrosos de los caballos, mientras que el negro exterior forma un contrapunto con el animal oscuro de la derecha y la franja azul del mar. La superficie satinada del lienzo Leonardo conserva los delicados matices entre el rosa salmón, el azul grisáceo y el blanco roto; al contemplarla, la mirada se detiene una y otra vez en estas sutiles transiciones. Lo más convincente es el diálogo entre el estrecho borde dorado y la paleta de colores mates de Gauguin: un contraste deliberado que concentra la imagen, en lugar de hacerla parecer más solemne de lo que es.