La figura erguida de Nelson ocupa casi toda la altura del cuadro; su cuerpo se inclina ligeramente hacia un lado, mientras que su mirada se dirige directamente fuera del cuadro. El tricornio, el uniforme y la espada revelan su rango y su función pública, incluso antes de que se mencione el nombre del retratado. Detrás de él se abre un paisaje costero con un barco, una fortificación y montañas lejanas. Cordones de nubes claras atraviesan el cielo marrón; en el horizonte se aprecia un tono rosado apagado. En primer plano destacan con gran nitidez el negro del uniforme, el blanco del pañuelo al cuello y algunos detalles dorados. John Francis Rigaud combina en este retrato de 1781 la dignidad representativa con la presencia personal: Nelson aparece con aire oficial, pero su rostro se mantiene joven y casi discreto. Me llama especialmente la atención lo mucho que la vestimenta y la postura pueden decir de una persona; incluso quien no conozca la historia posterior de Nelson percibe el peso de esta figura. Así, la obra se inscribe en el arte del retrato de finales del siglo XVIII y, al mismo tiempo, conserva el recuerdo de un personaje histórico.
En el lienzo Leonardo (satén), el rostro adquiere precisamente una superficie palpable. Quien se acerque más, reconocerá la estructura del tejido sobre la frente, las mejillas y el pañuelo; los hilos en relieve atraviesan incluso las suaves transiciones de la piel. En las zonas negras del sombrero y el uniforme, las tintas de impresión se adhieren densamente al tejido, mientras que en las partes más delicadas se hace visible cada pequeño hueco. Por ello, la superficie no parece reproducida de forma lisa, sino que tiene relieve. Con unas dimensiones de 38 x 47 cm, la mirada se centra en la figura y la postura; sin cristal, este efecto del material se percibe de forma inmediata. En el exterior, Noemi ha añadido una estrecha moldura dorada con un borde perlado en relieve y una pátina discreta. Me quedo más tiempo contemplando los puntos en los que las cejas, el contorno de la boca y los finos detalles se mantienen nítidamente definidos a pesar del marcado relieve del lienzo; ahí es donde la reproducción demuestra de lo que es capaz.